Le llamé. Tuve que hacerlo, necesitaba oír su voz, y como siempre, esperé al séptimo pitido para colgar, pero me esperé al octavo. Y al noveno. Y al décimo. Nada. Colgué. Le volví a llamar, y tardo en responder lo mismo que yo al suspirar.
-Diga -Sonreí al escuchar su voz de nuevo, se acababa de levantar, que típico de él.
-Hola, cielo -se le aceleró la respiración, lo noté, y sé que también sonrió. Sonrió por mi, de nuevo.
-¿Ocurre algo? 
-Necesitaba oírte -dije de inmediato.
Silencio. Sabía lo que estaba pensando, sabía que él también me necesitaba tanto como yo a el, sé que me quiso aunque ahora dude si lo sigue haciendo, pero estoy segura de que lo hizo, al menos, por un tiempo.
-Te quiero -sé que no le gusto, sé que se le paró el mundo. Soltó un suspiro que incluso yo sentí.
-No creo que sea lo que tengamos que decirnos ahora.
-¿Y qué tenemos que decirnos ahora? 
-Nada.
-Cuelga entonces -le reté. Estaba segura de que no lo haría y si lo hacía me iba a perder para siempre.
Colgó.
Y él me perdió,
me perdió para siempre. 
No contesté a sus llamadas y quemé sus cartas, jamás me sentí tan rota como aquella tarde, le necesitaba y él me colgó, y entonces supe que no podría confiar en él, que no sería feliz a su lado.