Esa decisión que te ha cambiado a ti y a mí.
¿Y él? ¿Dónde está ahora esa persona? Esa persona que te ha hecho sonrojar con una sola palabra; esa persona que añoras cada vez que te separas de ella; esa persona que, con lo más simple, te hacía la mujer más feliz del universo; esa persona con la que no podías dejar de sonreír; esa persona que no te dejaba estar triste. Esa persona ya no está a tu lado. Y lo más gracioso e importante es que sabes por qué no está ahí: por tu culpa. Le has perdido, tendrás que concienciarte. Para ti, él lo es todo en tu vida, y tú, ahora, para él, no eres nada. Ahora sois dos mundos completamente opuestos: el tuyo, que en el centro está él. El suyo, en el que estás a punto de abandonar, para exiliarte y saltar al espacio como la nada.
No le importas, nunca le importaste. Pero “te da igual”. Tus sentimientos siguen siendo claros y no tienes ningún tipo de inconveniente en mostrarlos, ni en decirlos.
Lo sabes, todo eso ya lo sabes y estás concienciada. Pero aún así, eres la tonta que va a por él, le pides una mini-conversación, en la cual le dices que le quieres, que lo echas de menos, a lo que te responde con un “y yo” que te desconcierta. No sabes si lo dice de corazón o por cumplir. Intentas seguir con la conversación, le preguntas si alguna vez sintió algo por ti, te afirma que sí y le vuelves a cuestionar si ahora sigue sintiendo algo, y entonces es cuando te suelta un “puede”. Parece que te vas a volver loca. Y a pesar de todo, ahí sigues, delante de él, titiritando del frío, le pides una oportunidad, que te rechaza soltándote: “de momento estoy muy bien como estoy, te dije que necesitaba una semana y lo quiero llevar a cabo. Por ahora no quiero estar con nadie. Después no lo sé”. Entonces es cuando tienes que luchar contra tus propias lágrimas, porque ahora, sí que sí, le has perdido. Y te vas con quien te había aconsejado que hablaras con él. Te desahogas, lloras, te maldices una y mil veces por haber hecho las cosas tan mal. No sabes qué hacer. Sólo tienes que asumir que no va a volver. Pero te queda ese rayito de esperanza, cada vez más pequeño.
¿Y él? ¿Dónde está ahora esa persona? Esa persona que te ha hecho sonrojar con una sola palabra; esa persona que añoras cada vez que te separas de ella; esa persona que, con lo más simple, te hacía la mujer más feliz del universo; esa persona con la que no podías dejar de sonreír; esa persona que no te dejaba estar triste. Esa persona ya no está a tu lado. Y lo más gracioso e importante es que sabes por qué no está ahí: por tu culpa. Le has perdido, tendrás que concienciarte. Para ti, él lo es todo en tu vida, y tú, ahora, para él, no eres nada. Ahora sois dos mundos completamente opuestos: el tuyo, que en el centro está él. El suyo, en el que estás a punto de abandonar, para exiliarte y saltar al espacio como la nada.
No le importas, nunca le importaste. Pero “te da igual”. Tus sentimientos siguen siendo claros y no tienes ningún tipo de inconveniente en mostrarlos, ni en decirlos.
Lo sabes, todo eso ya lo sabes y estás concienciada. Pero aún así, eres la tonta que va a por él, le pides una mini-conversación, en la cual le dices que le quieres, que lo echas de menos, a lo que te responde con un “y yo” que te desconcierta. No sabes si lo dice de corazón o por cumplir. Intentas seguir con la conversación, le preguntas si alguna vez sintió algo por ti, te afirma que sí y le vuelves a cuestionar si ahora sigue sintiendo algo, y entonces es cuando te suelta un “puede”. Parece que te vas a volver loca. Y a pesar de todo, ahí sigues, delante de él, titiritando del frío, le pides una oportunidad, que te rechaza soltándote: “de momento estoy muy bien como estoy, te dije que necesitaba una semana y lo quiero llevar a cabo. Por ahora no quiero estar con nadie. Después no lo sé”. Entonces es cuando tienes que luchar contra tus propias lágrimas, porque ahora, sí que sí, le has perdido. Y te vas con quien te había aconsejado que hablaras con él. Te desahogas, lloras, te maldices una y mil veces por haber hecho las cosas tan mal. No sabes qué hacer. Sólo tienes que asumir que no va a volver. Pero te queda ese rayito de esperanza, cada vez más pequeño.
Se te esfuman las ilusiones, pero no los sentimientos.
Noche a noche, la historia se va repitiendo: no cenas, tienes angustia, te fumas unos seis cigarros, te tomas las pastillas para los nervios, te acuestas, piensas en él, lloras; recuerdas sus palabras, lloras; recuerdas sus fotos, lloras; recuerdas sus tonterías, lloras; recuerdas las historias en las duchas, lloras; recuerdas todas las sonrisas que ha podido sacar de tus labios, lloras; recuerdas sus mensajes por la mañana, lloras; y vas así, recordando y llorando, hasta que a las siete y cuarto de la mañana siguiente suena el despertador, y piensas: “otro día más sin él”. Mientras te preparas, sigues recordando, y vuelves a pensar: “Tantas cosas que nunca más voy a volver a vivir junto a él.Todo se acabó, no tengo más que lamentar. Tengo que intentar ser fuerte (cosa que nunca consigues llevar a cabo porque no sabes de donde sacar fuerzas suficientes)”. Entonces es cuando te cansas de pensar y recordar. Te miras al espejo. Te observas llorando y dices con voz entrecortada: “_ _ _ _ _ _, te quiero”.
Ahora aplico todo esto en mí. Vuelvo a pensar. Miro hacia atrás. Hacia el pasado. Hacia hace unos días en los que se empezaron a torcer demasiado las cosas. Vuelvo al presente. Ha pasado casi un mes. Entonces puedo afirmar con total seguridad y muy orgullosa que mi vida junto a él ha merecido la pena.
Noche a noche, la historia se va repitiendo: no cenas, tienes angustia, te fumas unos seis cigarros, te tomas las pastillas para los nervios, te acuestas, piensas en él, lloras; recuerdas sus palabras, lloras; recuerdas sus fotos, lloras; recuerdas sus tonterías, lloras; recuerdas las historias en las duchas, lloras; recuerdas todas las sonrisas que ha podido sacar de tus labios, lloras; recuerdas sus mensajes por la mañana, lloras; y vas así, recordando y llorando, hasta que a las siete y cuarto de la mañana siguiente suena el despertador, y piensas: “otro día más sin él”. Mientras te preparas, sigues recordando, y vuelves a pensar: “Tantas cosas que nunca más voy a volver a vivir junto a él.Todo se acabó, no tengo más que lamentar. Tengo que intentar ser fuerte (cosa que nunca consigues llevar a cabo porque no sabes de donde sacar fuerzas suficientes)”. Entonces es cuando te cansas de pensar y recordar. Te miras al espejo. Te observas llorando y dices con voz entrecortada: “_ _ _ _ _ _, te quiero”.
Ahora aplico todo esto en mí. Vuelvo a pensar. Miro hacia atrás. Hacia el pasado. Hacia hace unos días en los que se empezaron a torcer demasiado las cosas. Vuelvo al presente. Ha pasado casi un mes. Entonces puedo afirmar con total seguridad y muy orgullosa que mi vida junto a él ha merecido la pena.
«Y según tu: si tengo que volver a enamorarte y luchar por ti, lo haré de nuevo»