Parecía que en vez de besarte te escribía versos en la boca.
¿Lo recuerdas? No sé si leía poemas o eran mis manos las que te leían a ti; si aquello era un crescendo encadenado de mi pecho a tus labios o si es que de repente mi vida comenzaba a rimar. No sé, no consigo distinguir si aquello que hicimos fue el amor o darle la vuelta a los puntos finales; si esa noche no fue tu mano lo que me diste sino un lienzo y tu espalda, si no fuiste tú el que temblaste y empapaste mis manos, sino el amor desnudo en un papel.
Igual es que estás hecho de palabras; eso explicaría lo fácil que resulta nombrarte en todo lo que no existe. Me creería, entonces, que estés en tantas letras como musas se han escrito, y que no podamos pasar página porque no hemos terminado de escribirnos. Entendería, ahora, después de conocerte, el sentido de los silencios, es eso que hay tras tu voz. Comprendería, por fin, mi fracaso al intentar olvidarme primero de tu nombre y después de nada más, porque no existe el después a tu olvido.Ya sabes, hacerte el amor era como empezar una frase, y terminarla.
Acuérdate de cómo el mundo, por fin, se convertía en una mentira y nosotros éramos la única verdad. De cómo nos besábamos, como si tuviéramos toda la vida para hacerlo, como si supiéramos con total certeza que el último beso sería como el final de las canciones y no llegaría jamás, como si besándonos consiguiéramos quedarnos allí, juntos. Acuérdate de cómo vencimos al sol bailándonos, estallando todas las letras del abecedario, las ocho notas de la escala; de cómo, entre gemido y gemido, me llenaste el vientre de canciones.