Todo se va perdiendo poco a poco, como un cigarro que se consume a la vez que alguien se lo fuma. Al final todo acaba en cenizas que con el tiempo se elevan, se alejan y se olvidan.
Luego a la mitad empezamos a atragantarnos con el humo, aunque conseguimos coger una bocanada de aire y seguir respirando.
Al final el cigarro se acabó y quise otro.
Siento un dolor en el pecho que jamás había sentido, un vacío más grande que el espacio que contiene mi corazón.
Duele como espinas clavándose en la piel, como si me arrancaran el corazón y se abriera cada cicatriz que tengo en él.
Porque definitivamente tú y yo componemos un corazón lleno de heridas que no hacen más que abrirse. No sé cómo podemos hacernos tanto daño y querernos tanto a la vez. Cómo dos mundos tan distintos pueden complementarse y cómo tomamos decisiones por el otro provocándonos tanto dolor. Ni siquiera sé qué mierda has visto en mí, porque lo único que te causo son heridas y más heridas. No sé cómo me aguantas ni cómo me soportas. No sé cómo me haces sentir así ni cómo me quieres.
Haces que los días negros se vuelvan blancos, que tranquilice mis impulsos y que no lo tire todo por la borda a la primera.
Aunque eso he hecho esta vez, ¿no? Me agobié, el aire me faltó en los pulmones y quise pisar suelo firme por un momento. Pero eso me hizo tambalearme más aún, perdí la noción del Norte.
Nunca había llorado tanto escribiendo algo, confesando lo que siento. Jamás esta pasión me había causado tanto dolor. Dudo que leas esto a tiempo, que entiendas lo que siento, pero quería desahogarme sólo consiguiendo ahogarme más aún en mis lágrimas.
Dime que no está todo perdido y que no soy estúpida, porque si no me lo dices tú nadie va a poder decírmelo.